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lunes, 17 de agosto de 2020

 Si quieren los políticos Colombianos acabar con la violencia política, la guerrilla y el narcotráfico que declaren, de una vez por todas, que se vive un conflicto armado que vulnera todas las instituciones del país. No lo harán, porque saben que el gobierno tendría que comportarse de acuerdo a los principios y tratados internacionales sobre conflictos armados. No lo harán, por cuánto tanto los líderes políticos como los carteles de la mafia y comandantes guerrilleros entrarían en la Jurisdicción de la Corte Penal Internacional. No lo harán, porque declarar al país zona de guerra pondría en evidencia la política estadounidense sobre la región.No podrían esconder su apoyo a los regímenes títeres y a sus ejércitos en sus esfuerzos "anti droga" y por dominar el comercio y las materias primas de los estados en cuestión, toda vez que se le identificaría con conflictos activos vigilados por los Tribunales de La Haya. Por todo ello y por muchos otros intereses mezquinos no declararán el estado en conflicto armado... sus intereses valen más, según ellos, que el horror de los derramamientos de sangre, más que el terror permanente en que viven las sociedades que gobiernan.

Para reflexionar...


Si vamos a encontrarle algún sentido al crimen organizado, a la violencia  en Colombia, en America Latina, tenemos que abrir vien los ojos. Los cinturones de miseria, los barrios pobres no son la causa de las guerras criminales dirigidas por el narcotrafico, pero tenemos que admitir que, gracias a la desatención del estado, a su abandono permanente, son presa fácil de los facinerosos que les facilitan la supervivencia.  Los empresarios ricos, los políticos corruptos,la banca en general y los cuerpos de seguridad del estado suelen mover los hilos, y muchas bandas criminales no podrían operar sin éstos cómplices. La cadena de dinero y servicios vinculada con el crimen organizado llega a la puerta de todos ellos y alcanza a toda la población. Otra cosa, bien diferente,es la violencia generada por la guerrilla como respuesta a gobiernos desastrosos. También la guerra  generada por la violencia política ha sido penetrada por el trafico de estupefacientes para financiar su actividad frente a un estado inamovible, incapaz de reformas contundentes que permitan una sociedad mas justa e igualitaria.  El problema se  agrava en virtud de que, por razones del tráfico de drogas, el estado por facilidad represora vincula las dos violencias para atacar con mayor ferocidad a los disidentes ideológicos  que a los criminales que le prestan esporádicos servicios en financiamiento de campañas electorales. Y, así vamos hacia la derrota final...

miércoles, 14 de febrero de 2018




MACONDO Y LA REALIDAD COLOMBIANA A VUELO DE NEBLÍ ALIGERO.
“Rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil” (pero que siempre ha estado ahí)
Gabriel García Márquez.
“La literatura cuenta la historia que la historia que escriben los historiadores no sabe ni puede contar. Porque los fraudes, embaucos y exageraciones de la literatura narrativa sirven para expresar verdades profundas e inquietantes que solo de esta manera sesgada ven la luz”
Mario Vargas Llosa.
Releer La obra literaria de García Márquez no sólo es un placer espiritual sino tomar contacto, a través de las palabras de la ficción, con el mundo que nos acucia. La política colombiana pretende presentar el país como una sociedad abierta, democrática, pero no hay nada más lejos de la realidad, la democracia en Colombia esta amordazada por los medios de comunicación, la falta de participación ciudadana en las decisiones, la participación directa de los grupos financieros y económicos del país en las decisiones gubernamentales y la influencia de grupos de presión exterior, convirtiendo el país en una sociedad cerrada, gobernada por cuatro o cinco familias emparentadas con vínculos de consanguinidad en primer y segundo grado. En Colombia el poder se ha arrogado el control ciudadano, gobernando, a la vez, sus sueños y esperanzas a través de la manipulación, grosera y artera, de los medios de comunicación, la supresión de la historia en el pensum educativo y la privatización de la educación, negándole a la mayoría de los ciudadanos la posibilidad de instruirse y salir de la ignorancia donde la mantienen por conveniencia.
Nunca me había preguntado, como lo hago hoy, releyendo a salto de mata La Hojarasca, Cien Años de Soledad e Isabel Viendo Llover en Macondo, el porqué de la animadversión de la Clase dirigente, económica y política, con el premio Nobel Colombiano. Las afirmaciones de algunos dirigentes políticos, hoy en lisa electoral, sobre García Márquez, no dejan lugar a dudas, así como su exilio voluntario en México: El gobierno de Julio Cesar Turbay Ayala lo acusaba de financiar al grupo guerrillero M19, forzándolo a pedir asilo político en México donde murió.
La posición política de García Márquez es bien conocida: En 1983 cuando se le pregunto: ¿Es Ud. Comunista? El escritor respondió: “Por supuesto que no. No lo soy ni lo he sido nunca. Ni tampoco he formado parte de ningún partido político”. Si le confeso a Plinio Apuleyo Mendoza que, “quiero que el mundo sea socialista, y creo que tarde o temprano lo será”. Hay que anotar que García Márquez entendía por socialismo un sistema de progreso, libertad e igualdad relativa, y siempre afirmo que “yo sigo creyendo que el socialismo es una posibilidad real, que es una solución para América Latina, y que hay que tener una militancia más activa”. García Márquez, gracias a sus viajes por el mundo, había comprendido las diferencias sustanciales entre Comunismo y Socialismo y las posibilidades reales, de que este último, adquiriera carta de naturaleza en América Latina. Pero la realidad es obstinada cuando las gentes se avienen al sufrimiento por miedo a enfrentarse al porvenir: el pasado del país lo ha manipulado, la clase dirigente, en caminando sus conclusiones a justificar el presente sin entrar en ninguna clase de consideraciones ni de métodos para conseguirlo. La Historia oficial ha sido escenario de taumatúrgicas mudanzas: contundentes hechos han sido ocultados, silenciados o manipulados al vaivén de las necesidades de la camarilla gobernante. Esta es una práctica que el totalitarismo ideológico, de pensamiento único, ha perfeccionado pero no inventado. Prohibir la historia en los establecimientos educativos, trastocarla, convertirla en un instrumento gubernamental para legitimar a quienes mandan, proporcionar coartadas para sus fechorías se ha convertido en la tentación de los gobernantes para mantenerse en el poder en los últimos setenta y cinco años de nuestra historia.
Afirma Vargas Llosa, en La Verdad de las Mentiras que, “La imaginación a concebido un astuto paliativo para ese divorcio inevitable entre nuestra realidad limitada y nuestros apetitos desmedidos: La ficción”. Y es verdad, gracias a ella conseguimos, a pesar de inquinas, malas artes, suplantación de hechos y mordaza física y mental, mantenernos dentro de nuestros principios fundamentales defendiendo la soberanía personal y colectiva. La verdad histórica no puede sustituirse, es indispensable para conocer lo que fuimos y lo que queremos ser como colectividad humana en el futuro. Y la ficción, de otra parte, se convierte, gracias al arte literario, "en la historia privada de una nación"… a decir de Honoré de Balzac.
La historia de Colombia y de la sociedad colombiana ha sido reflejada por García Márquez en su obra literaria. Con cien Años de Soledad se cierra el periplo, en medio están La Hojarasca, El Coronel No Tiene Quien Le Escriba, La Mala Hora, El Otoño del Patriarca y sus Cuentos, entre los que destaco Isabel Viendo Llover en Macondo. Solo cito, en este escrito, la secuencia de lecturas de la que me he valido, a salto de mata, para escribir estas líneas.
Leyendo La Hojarasca descubrimos el estado social de Macondo, la división social en dos grupos bien marcados: primero, las familias fundadoras, la aristocracia de Macondo, y luego, la hojarasca, el otro, el intruso: «De pronto como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos: rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable.» La aristocracia estaba representada por la familia del Coronel que tiene tal ascendiente entre sus vecinos que hasta las autoridades balbuceaban ante él. Su familia tuvo un esplendoroso pasado feudal y, a juzgar por el viaje realizado hasta Macondo, en el que hasta los caballos tenían mosquiteras, junto a su pequeña comitiva: cuatro guajiros y la guajirita Meme, dejaban ver claramente su riqueza. Ya en Isabel Viendo Llover en Macondo aparecen estos personajes secundarios. La familia del Coronel esta un peldaño más elevada que el alcalde, el cura, el doctor quienes no gozan de las comodidades de la familia del coronel ni de las consideraciones que le profesan los ciudadanos y, en consecuencia, forman un segundo segmento social en Macondo, inmediatamente por debajo de la aristocracia, y por debajo de estos se encuentran los guajiros, los sirvientes. En tanto Meme ha subido un escalón al convertirse en la concubina del médico por lo que es rechazada por el resto de la población. Lo que ha irritado al pueblo no es que sea la concubina del médico, lo que les molesta, en grado sumo, es que se presente en la iglesia como una gran señora. Lo que le molesta a la gente es que quiera aparecer como señora siendo guajira. Este hecho muestra claramente la falta de movilidad entre los grupos sociales de Macondo y que aún hoy persiste dentro de la sociedad colombiana, clasismo y arribismo conjugados y estratificados. Y por último esta la hojarasca, esa masa desenfrenada y prodiga que envileció a Macondo, como amorfo cinturón de desplazados por la guerra y la miseria.
Las autoridades en Macondo dan una imagen desastrosa: el alcalde es un hombre borracho, cobarde y corrupto. La autoridad actúa no en función de principios o mandatos legales, sino de conveniencias personales. Otro ejemplo significativo nos lo da el coronel: “a fines de 1918… la cercanía de las elecciones hizo pensar al gobierno en la necesidad de mantener despierto e irritado el nerviosismo de sus electores”. Para conseguirlo, ordenan registrar la casa del médico. Y el coronel piensa que, sin la intervención del Cachorro, “habrían arrastrado al doctor, lo habrían atropellado seguramente y habría sido un sacrificio más en la plaza pública en nombre de la eficacia oficial”. Nada extraño. El miedo como principio de coerción, los abusos y los crímenes son corrientes cuando se acercan las elecciones. Hoy son los defensores del pueblo, los defensores de los derechos humanos, periodistas profesores o estudiantes y todos aquellos que piensen diferente. Macondo no ha cambiado. Las autoridades civiles y militares proceden así para crear un clima determinado acorde a sus intereses. En la Hojarasca se recuerdan las elecciones como “un tenebroso domingo electoral”, “un Sangriento domingo electoral”. Lo único cierto es que las autoridades propician el jolgorio ordenando llevar al pueblo “damajuanas de aguardiente”. Lo único que queda claro es que las elecciones eran una farsa sangrienta y que la política es chabacana y brutal. Los gobernantes no tienen ley, no practican la justicia, no hay ideales que sustenten su qué hacer, salvo su mezquino interés personal. El ejercicio de la política se convierte así en un instrumento rustico, donde un grupo de individuos, sirven a sus propios intereses en desmedro de las comunidades por las que han salido electos. Macondo vive más allá de la ficción como una fotografía, en sepia, de una época que no termina de pasar, inmóvil en el tiempo y en una sociedad amodorrada en su propio fatalismo.
Colombia y Macondo, Macondo y Colombia, los términos no se diferencian, se asimilan, se proyectan como una unidad no solamente en el tiempo, también en la sociedad. Los registros de hoy tienen resonancia en ese pasado reciente que es Macondo y viceversa, lo que ocurrió en Macondo sigue ocurriendo hoy como un mantra del que no podemos escapar, no porque no se pueda, sino porque la castración mental a la que hemos sido sometidos no nos deja ver el horizonte, la capacidad y el derecho que aún tenemos de rebelarnos contra las mafias que nos gobiernan. La ausencia de rebelión consiente es otra causa del sometimiento y el miedo. La rebelión para que sea efectiva no puede ser individual, ha de ser colectiva, en base a principios democráticos que garanticen la justicia social y destierren para siempre la corrupción y el crimen.
Carlos Herrera Rozo.

Los colombianos necesitamos a alguien a quien odiar?

Con inusitada frecuencia leyendo  los comentarios  que proliferan en las redes sociales me hago la pregunta ¿Qué nos está pasando a los colombianos?
Da la impresión  de que habitamos en una sociedad que se solaza en la enemistad en vez de crear puentes de concordia. Todo indica que el conflicto que ha atravesado el país a lo largo de más de cincuenta años nos impidiera mirar al otro con confianza. Como si la violencia hubiera ocupado nuestros sentimientos y nos impulsara a necesitar a alguien a quien odiar para poder legitimar nuestro ideario y sentirnos superiores. Y nos da igual el tema que tratemos, religión, política, derechos humanos o las modas estéticas. En Colombia todo es susceptible de ser odiado: Necesitamos un enemigo al cual enfrentarnos, ya no por testosterona sino por convicción social. Hay que odiar, odiar para ser y tener un lugar dentro del mundo en que nos movemos. Odiar al Gay, odiar al que piensa diferente a nosotros, odiar al que profesa otra fe, odiar a los negros, odiar al vecino, en síntesis odiar al otro. Siento, desde la atalaya en que vivo, que el mundo en el que transcurrió mi infancia ya no me pertenece, que se vive en un espacio inclemente, árido y solitario donde la violencia se impone como única ley y donde algunos, los más pocos, quedamos relegados, casi invisibles, porque no aceptamos el pensamiento único que tratan de imponer los mesías de la política y la economía.
Recuerdo, con asombro,  El Mundo de Ayer de Stefan Sweig, donde nos recuerda el autor los comienzos del siglo XX. Zweig señala sin reparos los defectos de esa sociedad desaparecida (la pobreza de grandes sectores de la población, la permanente minoría de edad de las mujeres, la hipocresía sexual), pero añora también con pasión  el ideal de progreso indefinido y la ferviente fe en el ser humano que desaparecerían para siempre en las trincheras de Guerra. Los títulos de los capítulos evocan una cultura humanista y el frescor de una esperanza en el futuro que quedarían destrozadas por los primeros desórdenes del siglo XX. La lectura se hace aún más dramática si se recuerda que Zweig se suicidaría poco después en compañía de su esposa, llevado por la desesperanza ante el aparente triunfo del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, el cual invito a leer toda vez que ese relato  a los colombianos de hoy debe resultarles, como a mí, muy familiar. Quienes desde la juventud hemos vivido la experiencia de la guerra, que ha destruido el país en los últimos cincuenta años, arrebatándonos el futuro y la senda del progreso social y político, y, para colmo de males, sumergiéndonos en la corrupción que ha permeado todas las capas de la sociedad y ensombrecido el futuro de las nuevas generaciones de ciudadanos.
Muchos ciudadanos pensamos, equivocadamente, que con el pacto del Frente Nacional firmado entre Alberto Lleras Camargo y Laureano Gomez en Benidorm, habían quedado atrás  los enfrentamientos violentos tan comunes en nuestra historia nacional. Hoy sabemos, gracias a los líderes políticos y financieros que dirigen el país, que no hemos salido del lodazal donde nos tienen recluidos quienes a lo largo de este periodo de cincuenta años han detentado el poder. El discurso del odio no solo sigue sembrado en la política nacional sino que, también, se ha regado a lo largo y ancho de la nación en todos los estratos de la sociedad.
No me invento nada. Basta con oír  a los más importantes líderes de los partidos políticos para comprender mi aserto: Recurren al odio para estigmatizar al adversario, para que sea tratado con hostilidad. Utilizan las emociones como pauta política en lugar de utilizar la dialéctica, la libertad de expresión y la libertad de los derechos de la colectividad para expresarse democráticamente desde la ideología que profese negándole al legitimo contradictor los derechos que exigen para sí mismos. Olvidan estos “lideres” que la libertad de expresión es la única vía hacia la libertad, y que someterla, extirparla es el camino abierto hacia el totalitarismo.
El contrato social, al que nos debemos, nos indica que el núcleo de la vida social está formado por la colectividad y no por individuos aislados, sometidos todos al cumplimiento de las normas que hemos aceptado para convivir con respeto y dignidad sujetos a una ley común. Desde esta perspectiva, los discursos intolerantes, los que siembran odio y muerte están causando un daño irreparable al tejido social. Están abriendo un abismo insalvable entre los ciudadanos, entre las familias, los amigos, los vecinos, a tal punto que, todos se sienten ajenos. Estos “mesías” que andan convencidos de ser superiores no han comprendido su propia estupidez al pensar que les asiste, a ellos y solo a ellos, el derecho de la libre expresión, sin importarles que están atentando con su discurso mal intencionado, procaz y violento contra los derechos constitucionales del adversario. Son conscientes de que el conflicto entre la libertad de expresión y el discurso del odio no se supera solo con la ley porque es difícil establecer hasta donde es posible dañar al otro sin incurrir en un delito penal y de eso se valen para seguir en su labor destructiva.
Solo el reconocimiento de que todos somos iguales, no solo ante la ley  y el contrato social que nos une, sino ante la ética social y la dignidad entre semejantes, nos permitirá superar  el discurso del odio , la libertad de expresión y la participación política desde cualquier ideología. Reforzar el pensamiento democrático es lo único que nos permitirá superar el actual conflicto social,  acogiéndose al proceso de paz, y exigiendo el respeto de los derechos de las personas más vulnerables de la sociedad que se encuentran a merced de los socialmente más poderosos ya sea en el ejercicio de las funciones públicas o desde las trincheras del mundo financiero y económico. La paz es un derecho de todos y lo único que nos permitirá volver a vivir en armonía.


jueves, 25 de mayo de 2017

COLOMBIA EN LA ENCRUCIJADA: ¡PAZ O GUERRA!






Permítaseme iniciar esta nota con una frase de Gabriel Garcia Márquez,  para el que, algunos colombianos que nunca lo han leído, cito palabras textuales, “no ha hecho ni una mierda por el país”, apreciación que manifiesta su absoluta desinformación o ignorancia supina sobre el nobel Colombiano.

Vamos a lo nuestro, al tema objeto de esta nota, la paz o la guerra. Garcia Márquez afirmo que, “la vida no es la que uno vivió sino la que uno recuerda y como la recuerda para contarla” y es justamente lo que está ocurriendo en el ideario colectivo en relación con  los tratados de paz y su ulterior desarrollo.  Uno de los factores más prominentes para los seres humanos es el olvido, es tan importante como poder recordar. Si no hubiéramos desarrollado el mecanismo del olvido, para evitar formar ciertos recuerdos irrelevantes, caeríamos en un estilo de vida como el de Funes el Memorioso, fantástico personaje de Borges, que vivía con la tragedia de recordarlo todo. Lo que se pone de relieve en el personaje de Borges no es su incapacidad de olvidar, o, dicho de otra manera, su incapacidad de transformar sus bastos recuerdos en pensamiento. Pensar, dice el narrador, es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. Funes no podía pasar por alto lo irrelevante, ni hacer asociaciones mentales, ni construir ideas generales de las cosas y, menos aún, llegar a juicios de valor objetivo.

Al hablar de la violencia en Colombia nos encontramos frente a un largo periodo de tiempo que cubre  setenta y cinco años de nuestra historia, la manipulación  de los hechos, y con estos mimbres,  el registro en  la memoria que poseen los ciudadanos sobre su historia. Muchos la vivieron y ya no están, otros, los menos, la recuerdan como un pasado tenebroso, otros  la conocen de oídas y la mayoría solo sabe lo que le han contado o la desconocen por completo. ¡Ninguno tiene la razón!  La violencia en Colombia no ha cesado, a tal punto que, los colombianos se han acostumbrado a su presencia y a que continúen en el poder las familias  que desde entonces han hecho de la violencia su aliada en el mantenimiento del statu quo.

Se oye con inusitada frecuencia que, “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Se nos ha inculcado que la memoria, el recuerdo del pasado histórico es una  de las más elevadas obligaciones morales de la sociedad. En parte es cierto. Pero, ¿se nos han contado los hechos históricos como verdaderamente ocurrieron? También se nos dice que la historia la escriben los vencedores. Entonces tenemos la obligación de investigar y ser críticos para tomar posiciones acordes con la verdad. No debemos olvidar que la comunidad de naciones, en más de una ocasión por no decir que siempre, ha conducido a la guerra más que a la paz, al rencor y al resentimiento más que a la reconciliación y a la venganza por agravios reales o imaginarios en lugar de comprometerse con la difícil tarea del perdón .En Colombia nos encontramos hoy con este dilema o perdonamos o continuamos en guerra. Presentemos  el dilema de forma más cruda: Podemos  inclinar nuestros deseos  ajustándonos, sin más, a la justicia, pero, por razones  bien conocidas, no será una amiga fiable de la paz. Los acuerdos entre partes en litigio requieren de la voluntad de ceder de los implicados en el conflicto. Otra cosa es  llegar a acuerdos, es decir, olvidar  los agravios, perdonar, en aras de un futuro mejor para todos los asociados. En España, tras la dictadura de Francisco Franco, se llegó a un acuerdo político entre los bandos enfrentados, derecha e izquierda, que permitió la restauración de la democracia. La transición de la dictadura a la  democrática llego tras el olvido, por parte de los contendientes, de los agravios cometidos. En puridad no se trata tan solo de olvidar sino de tener presente, en nuestro caso,  que   el Estado colombiano ha sido y es el actor principal de la violencia en Colombia para mantener el statu quo, el uso omnímodo del poder por un puñado de familias consanguíneamente vinculadas. En consecuencia, no se trata de olvidar ahora como de comprender que en algún momento del futuro, independientemente del cuándo, será mejor abandonar las victorias, las derrotas, las heridas y los rencores porque, de lo contrario, la guerra nos superara y condenaremos a las nuevas generaciones de ciudadanos a una oscura y larga noche  de dolor y muerte…

La incapacidad para llegar a acuerdos de paz, la incapacidad para perdonar y olvidar ha llevado a  países como Palestina e Israel, Bosnia, Liberia, Ruanda, Kurdistán, Sierra Leona o Colombia, solo por citar a algunos, a un continuo derrame de sangre. Entiendo que la paz perpetua es un sueño imposible porque la injusticia y la desigualdad aumentan y los pobres son cada vez más pobres y menos libres. La miseria, la ausencia de democracia y la injusta distribución de la riqueza son las principales causas que subyacen en los conflictos, al convertirse el recurso a la violencia en la única salida para amplios sectores d la población. Sea como fuere  El futuro de Colombia  está, hoy por hoy,  en conseguir que se firmen los acuerdos de paz y sean refrendados por el congreso.



Carlos Herrera Rozo




jueves, 4 de mayo de 2017

martes, 17 de junio de 2014

REFLEXIÓN SOBRE LA PAZ.

Hubiera querido tener una mayor participación en la elección del candidato a la presidencia de la república pero no siempre las cosas salen como uno desea. Comenzare por felicitar a todos los ciudadanos que votaron por la PAZ, e invitar a todos los que votaron por la GUERRA a reflexionar sobre la PAZ y el futuro de las nuevas generaciones de COLOMBIANOS. Se que quienes tuvimos la desgracia de nacer dentro del conflicto somos mas conscientes de los daños padecidos, del lastre que nos impide avanzar y, por lo mismo, de la inminente necesidad de llegar a acuerdos de PAZ que garanticen la libre convivencia.

Los pueblos Democráticos,sin excepción, cuando firmaron el contrato social lo hicieron conscientes de que sin el la libre convivencia devendría imposible. Es por ello que, la PAZ, es el mayor bien dentro de las democracias representativas, y que, sien el, todas las demás normas legales y los bienes que de ellas se desprendan desaparecerán o dejan de tener sentido practico toda vez que no podrán aplicarse en plenitud ni disfrutarse sin temor. Es por ello que, este preciado bien, la consecución de la PAZ,es una tarea que no solamente obliga al Ejecutivo y a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado,sino a todos los ciudadanos en su conjunto. porque todos somos los titulares del deber de reconciliación entre hermanos en el convencimiento de que la relación de fuerzas sea sustituido por relaciones de colaboración y entendimiento con la vista puesta en el bien común.

De todo lo anterior se desprende que no puede haber PAZ verdadera sin JUSTICIA SOCIAL. Si queremos acabar con el conflicto tenemos la necesidad ineludible de reestructurar el estado y por consiguiente la política, con mayúsculas, sin revanchismos que hagan fracasar los mas sinceros propósitos. Si no lo hacemos así solo alcanzaremos paces de componenda, como todas las ya firmadas, en las que absurdamente se reconoce una porción de PAZ O DE JUSTICIA SOCIAL que no se corresponde con los intereses ciudadanos ni da soluciones claras a los grupos en conflicto sino que hace caso a intereses espurios mas preocupados por sus privilegios que por los intereses de la nación. La PAZ conseguida de esta forma ni es justa ni, por lo mismo, equitativa, es una PAZ impuesta por el mas fuerte.

Si no cambiamos nuestra manera de pensar, si no somos capaces de ver al otro como nuestro legitimo contradictor con los mismos derechos, deberes y obligaciones dentro del marco constitucional vigente, no lograremos otra cosa que anestesiar las INJUSTICIAS SOCIALES con un pacifismo ramplón donde se vayan amontonando unas encima de otras nuevas querellas y demandas por el incumplimiento de la JUSTICIA hasta que, como siempre ha ocurrido, en nuestra patria verde y herida, la falsa paz establecida sea una montaña de injusticias que vuelva a reventar en mil llagas purulentas. Tienen que entender tanto los gobernantes como los gobernados que la PAZ no es la ausencia de GUERRA, ni un equilibrio entre fuerzas adversas, sino la búsqueda de un ORDENAMIENTO LEGAL BASADO EN LA JUSTICIA SOCIAL que exige darle a cada cual lo que se merece: Castigo, dentro de la ley, al criminal, resarcimiento de las victimas y garantía de que la INJUSTICIA no podrá seguir reinando para los desaprensivos en el uso de la fuerza para garantizar sus privilegios.

Invito a todos los Colombianos, especialmente a las gentes jóvenes, a releerse la historia de los últimos setenta y cinco años del país para, con ello, tener una mejor perspectiva de lo que ha ocurrido y de la urgente necesidad de llegar no a una Pax Romana simo a una PAZ pactada por todas las fuerzas vivas de la nación con el animo siempre dispuesto al buen entendimiento entre las partes por el bien común y por una JUSTICIA SOCIAL SIN FISURAS NI REVANCHISMOS.

Citare un par de ejemplos para hacer mas comprensible esta disertación sobre la PAZ:


Terminada la segunda Guerra Mundial, la sociedad de naciones se volcó en construir un nuevo orden mundial que preservara a las generaciones venideras de la tortura de la guerra instituyendo la norma del recurso a la fuerza solo en el caso excepcional de la legitima defensa y las medidas de mantener la PAZ apelando siempre al Consejo de Seguridad. Lamentablemente las supuestas “garantías” que se exigían pendían mas, y así sigue ocurriendo, de los intereses de las potencias que se sientan en el Consejo antes que proteger el bien común. Las Grandes Potencias se han dedicado por entero a proteger sus intereses geo-estrategicos y económicos sustentados en sus principios “democráticos” inicuos a costa de la ruina de generaciones enteras y del fracaso de las naciones que padecen sus decisiones: La reciente guerra contra IRAK promovida por el grupo de las AZORES, George W. Buhs, Tony Blair y Jose María Aznar es un claro ejemplo de este proceder, pero también el mantenimiento de guerras intestinas como ha ocurrido en RUANDA, Afganistán, Israel y Palestina, Nigeria, República Centro Africana, Colombia, República del Congo, Somalía, Sudan, etc,etc. todos estos países sujetos al expolio continuado de sus recursos naturales y, para conseguirlo, manteniendo por medio de la guerra, su fragilidad interna.

Carlos Herrrera Rozo.


lunes, 16 de junio de 2014

REFLEXIÓN SOBRE LA PAZ.

Hubiera querido tener una mayor participación en la elección del candidato a la presidencia de la república pero no siempre las cosas salen como uno desea. Comenzare por felicitar a todos los ciudadanos que votaron por la PAZ, e invitar a todos los que votaron por la GUERRA a reflexionar sobre la PAZ y el futuro de las nuevas generaciones de COLOMBIANOS. Se que quienes tuvimos la desgracia de nacer dentro del conflicto somos mas conscientes de los daños padecidos, del lastre que nos impide avanzar y, por lo mismo, de la inminente necesidad de llegar a acuerdos de PAZ que garanticen la libre convivencia.

Los pueblos Democráticos,sin excepción, cuando firmaron el contrato social lo hicieron conscientes de que sin el la libre convivencia devendría imposible. Es por ello que, la PAZ, es el mayor bien dentro de las democracias representativas, y que, sien el, todas las demás normas legales y los bienes que de ellas se desprendan desaparecerán o dejan de tener sentido practico toda vez que no podrán aplicarse en plenitud ni disfrutarse sin temor. Es por ello que, este preciado bien, la consecución de la PAZ,es una tarea que no solamente obliga al Ejecutivo y a las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado,sino a todos los ciudadanos en su conjunto. porque todos somos los titulares del deber de reconciliación entre hermanos en el convencimiento de que la relación de fuerzas sea sustituido por relaciones de colaboración y entendimiento con la vista puesta en el bien común.

De todo lo anterior se desprende que no puede haber PAZ verdadera sin JUSTICIA SOCIAL. Si queremos acabar con el conflicto tenemos la necesidad ineludible de reestructurar el estado y por consiguiente la política, con mayúsculas, sin revanchismos que hagan fracasar los mas sinceros propósitos. Si no lo hacemos así solo alcanzaremos paces de componenda, como todas las ya firmadas, en las que absurdamente se reconoce una porción de PAZ O DE JUSTICIA SOCIAL que no se corresponde con los intereses ciudadanos ni da soluciones claras a los grupos en conflicto sino que hace caso a intereses espurios mas preocupados por sus privilegios que por los intereses de la nación. La PAZ conseguida de esta forma ni es justa ni, por lo mismo, equitativa, es una PAZ impuesta por el mas fuerte.

Si no cambiamos nuestra manera de pensar, si no somos capaces de ver al otro como nuestro legitimo contradictor con los mismos derechos, deberes y obligaciones dentro del marco constitucional vigente, no lograremos otra cosa que anestesiar las INJUSTICIAS SOCIALES con un pacifismo ramplón donde se vayan amontonando unas encima de otras nuevas querellas y demandas por el incumplimiento de la JUSTICIA hasta que, como siempre ha ocurrido, en nuestra patria verde y herida, la falsa paz establecida sea una montaña de injusticias que vuelva a reventar en mil llagas purulentas. Tienen que entender tanto los gobernantes como los gobernados que la PAZ no es la ausencia de GUERRA, ni un equilibrio entre fuerzas adversas, sino la búsqueda de un ORDENAMIENTO LEGAL BASADO EN LA JUSTICIA SOCIAL que exige darle a cada cual lo que se merece: Castigo, dentro de la ley, al criminal, resarcimiento de las victimas y garantía de que la INJUSTICIA no podrá seguir reinando para los desaprensivos en el uso de la fuerza para garantizar sus privilegios.

Invito a todos los Colombianos, especialmente a las gentes jóvenes, a releerse la historia de los últimos setenta y cinco años del país para, con ello, tener una mejor perspectiva de lo que ha ocurrido y de la urgente necesidad de llegar no a una Pax Romana simo a una PAZ pactada por todas las fuerzas vivas de la nación con el animo siempre dispuesto al buen entendimiento entre las partes por el bien común y por una JUSTICIA SOCIAL SIN FISURAS NI REVANCHISMOS.



viernes, 28 de febrero de 2014



LIBERALISMO Y SEGURIDAD DEMOCRÁTICA

La seguridad  democrática se incluye entre esas palabras cajón de sastre a las cuales ya casi nadie  prestamos atención puesto que nos son familiares y, por lo mismo, a veces, demasiado extrañas, tan acostumbrados  estamos  a  la  represión. Erigida en prioridad política desde hace unos cuarenta años, esta nueva denominación del mantenimiento del orden a menudo cambia de pretexto (LA SUVBERSION  POLÍTICA, EL “TERRORISMO”, EL COMUNISMO, LA  IZQUIERDA , LA CRIMINALIDAD COMUN, EL PARAMILITARISMO,  ETC,ETC...), pero conserva su propósito: controlar a las poblaciones e impedir  su  libre  y  normal  desarrollo  de conformidad  con EL PACTO SOCIAL  QUE  SE  HA  DADO PARA  VIVIR  EN CONVIVENCIA..  Para comprender y desbaratar la razón de la seguridad  del  estado, hay que entender su origen y remontarse a finales del siglo XVIII…y siguientes…
Fue George Washington, protestante convencido que dispuso que en su losa funeraria se reprodujera Juan 11:25-26, el que afirmó que “la verdadera religión proporciona al gobierno su más seguro apoyo”. 


Samuel Adams, uno de los principales provocadores del movimiento de independencia con sus The Rights of Colonists as Subjects  (Los Justos Derechos  de los Colonos de su Majestad) (1772) no sólo vio con claridad que el poder tenía que estar dividido y separado a causa de la Caída sino que además indicó que los derechos de los americanos “pueden ser mejor entendidos leyendo y estudiando cuidadosamente las instituciones del Gran Legislador y la Cabeza de la Iglesia cristiana, que se encuentran claramente escritas y promulgadas en el Nuevo Testamento”.

“No se necesita una mayoría para prevalecer... sino más bien una minoría furiosa, incansable, deseoso de establecer brushfires (INCENDIOS) de la libertad en las mentes de los hombres”.
 .

Patrick Henry –que en una carta a su hija escrita en 1796 enfatizó que la religión era mucho más importante que la política– afirmó categóricamente: “los hombres malos no pueden ser buenos ciudadanos. Es imposible que una nación de infieles o idólatras sea una nación de hombres libres”.

 "Los caballeros pueden gritar Paz, Paz-- pero no hay paz ¡De hecho, la guerra ha empezado! ¡El próximo vendaval que venga del norte traerá a nuestros oídos el ruido de armas entrechocando! ¡Nuestros hermanos ya están en el campo! ¿por qué permanecer aquí inactivos? ¿Qué es lo que desean los caballeros? ¿Qué prefieren tener? ¿Es la vida tan preciada, o la paz tan dulce, como para que se compre al precio de cadenas y esclavitud? ¡No lo permitas, Dios Todopoderoso! No sé qué camino pueden tomar otros; pero en lo que respecta a mí, denme libertad o denme muerte".


Alexis de Tocqueville, el erudito liberal que estudió la democracia como pocos, pudo escribir de los Estados Unidos: “el modelo bíblico de “una ciudad en la colina” era el objetivo relevante de la acción política. Los predicadores puritanos pidieron el establecimiento de una “Santa comunidad” gobernada según los modelos derivados de los principios cristianos de moralidad y justicia”.

El comercio es el enemigo natural de todas las pasiones violentas; hace a los hombres independientes los unos de los otros y les da una alta idea de su importancia personal , que les lleva a querer gestionar sus propios asuntos y les enseña a tener éxito en ellos. Por lo tanto, los inclina a la libertad, pero poco a la revolución”.

Por añadidura, en no pocas ocasiones, la lucha por las libertades acabó reduciéndose a un enfrentamiento feroz entre un deseo de la iglesia católica de mantener privilegios frente al empuje de la masonería  y el comunismo que la veía como a una rival peligrosa, pero que tampoco aspiraba a la democracia sino a un gobierno en la sombra con ropajes democráticos, además de los  mezquinos  intereses  privados que  exigían, de  los  partidos  políticos, su  cuota en  el  reparto  del pastel del  estado.  El resultado de ese trasfondo fue lo mismo el Terror de la Revolución Francesa que desembocó en la dictadura de Napoleón que el proceso independentista de Hispanoamérica dirigido por una Logia masónica – la Logia Lautaro – a la que pertenecieron Bolívar o San Martín entre otros y en cuyas constituciones se indicaba taxativamente que no habría democracia tras la desaparición del poder colonial español sino un gobierno en la sombra sostenido, entre otras circunstancias, por un control de los medios de comunicación y de la  hacienda pública por los intereses privados. Entre esas concepciones y el espíritu de los puritanos media un abismo y no debería sorprendernos que los resultados hayan sido tan diferentes  a  lo  esperado.

La Doctrina de la Seguridad Nacional en Colombia  es un modelo político y militar, fruto de la guerra fría, diseñado por Estados Unidos para ser aplicado sobre América Latina con el fin de detener la consolidación del “comunismo” y los  movimientos  sociales progresistas en esta parte del globo después del triunfo de la Revolución Cubana hacia los años 60. Empero pese a la caída del muro de Berlín tal modelo ha sobrevivido en el sistema político colombiano a lo largo de su historia; cobrando especial vigencia bajo el signo de la Seguridad Democrática con el Presidente Alvaro Uribe  Velez, que  bien puede  dibujarse  en  el  siguiente  dialogo:


El Gobernador:

-Vuestro gobernador os saluda y se alegra de veros reunidos como de costumbre en estos lugares, en medio de las ocupaciones que constituyen la riqueza y la paz de Cádiz. No, decididamente nada ha cambiado, y eso es bueno. Los cambios me irritan, me gustan mis costumbres.

-Un hombre del pueblo:

-No, gobernador, nada ha cambiado en verdad, y nosotros los pobres podemos asegurártelo. Los fines de mes son bien apretados. Nos alimentamos de cebolla, pan y aceitunas, y estamos contentos de saber que otras gentes comen siempre el domingo puchero de gallina.

 Esta mañana ha habido ruido en la ciudad y por encima de la ciudad. En verdad, hemos tenido miedo. Hemos tenido miedo de que algo cambiara y que, de repente, los miserables se vieran obligados a alimentarse de chocolate. Pero gracias a tus cuidados, buen gobernador, se nos hizo saber que no ha ocurrido nada y que nuestros oídos habían oído mal. Otra vez nos sentimos seguros contigo

-El Gobernador:

-El gobernador se alegra mucho. Nada bueno hay en lo nuevo.

-Los alcaldes:

-¡Bien habló el gobernador! Nada bueno hay en lo nuevo. Nosotros, alcaldes, con la sabiduría que confieren los años, queremos creer que nuestros buenos pobres no han querido adoptar un aire irónico. La ironía es una virtud que destruye. Y un buen gobernador prefiere los vicios que construyen.

-El Gobernador:

-¡Durante la espera, que nadie se mueva! ¡Soy el rey de la inmovilidad!...-

Tomado de El Estado de Sitio, espectáculo en tres partes, Albert Camus, Alianza Editorial, Madrid 1972

Mirar detrás  de  las palabras para  saber lo  que  realmente  se  dice   es  una  costumbre poco  habitual entre  los  seres  humanos, sin terminar  de  comprender  que,  de  tarde  en tarde, las palabras cambian  su  contenido transformándose al mismo  ritmo  en  que  la  sociedad  cambia  de  modas, valores  y  costumbres. Por  ello  nos  es  tan  difícil  a veces  comprender  en  el  argot  político  lo  que   el  líder  de  turno   quiere  significar  en  su  discurso, tanto más  cuanto  que, lo  que  dice,  difiere  en lo  fundamental  de  lo que  piensa movido por  intereses  ajenos, por  su propio interés o por  desconocimiento, o conocimiento a medias, de los principios ideológicos  que defiende. Así. por  ejemplo, hablar  de  la palabra Democracia nos  remitiría  a  la  Grecia  de hace  2500 años y  a  su  iniciador  Clistenes quien  dio los primeros  pasos   dándole a sus “ciudadanos”  cierta  participación  en el manejo  de  la  COSA PUBLICA. Luego  pasamos por  los  criterios ideológicos  de   de Platón y Aristóteles, Maquiavelo y,  de  sobre salto  en  sobre salto, llegamos  a los  siglos XVIII Y XIX y  a los  nuevos  pensadores del Estado  como Locke, Hobbes, Voltaire, Rousseau, Hegel, kelsen, Marx y otros que, de  sus  lecturas deducimos las  diferencias  de criterio que  le  dan  contenido, según el  autor, a la  palabra  Democracia.

De la  misma  forma podemos  proceder   con el  vocablo LIBERAL, hoy  tan  en  boga  en  todas  las  gargantas, pero  cuya   comprensión, aun para  los  expertos , es cada  vez  más  difícil dado  a la  multiplicidad  de  matices que  se  le  ha  dado  a  su   significado. Realicemos  un pequeño recorrido por  esta  acepción a través del  tiempo:

A finales del Siglo XVIII los pensadores  de la Ilustración Stuart Mill, Adams Smith, John Locke, Hume, Voltaire y otros consiguen, con  sus  nuevas  teorías, que este  vocablo  cambie  su  naturaleza que  hasta  entonces estaba  orientado  a  significar   al  hombre que  era  de  espíritu  abierto, tolerante y amplio , en las  relaciones  con los demás,  sin ninguna  connotación política  ni religiosa. A partir  del Siglo XVIII  con  dicho  vocablo se  significo la  lucha  contra la  esclavitud, la  servidumbre y la  intervención del Estado  en los  asuntos privados, defendiendo la propiedad privada, la  competencia, el  libre comercio, el individualismo y  el rechazo a  los  dogmas  y  el  absolutismo. En el siglo XIX se entiende por liberal  al  libre pensador, laico, que  cree  en la  necesidad  de  la  separación de la Iglesia  y  el  estado, la  educación libre  que  permita al  hombre emanciparse del oscurantismo medieval  que  aun arrastra, la  eliminación legal  de  los  regímenes totalitarios que  permitan la  eliminación  de  los  enfrentamientos  civiles. El Liberal  se  convierte  en el  defensor  de  los  derechos  humanos y  de  la  democracia como  producto DE LA REVOLUCION FRANCESA  y las  nuevas  ideas  de los  enciclopedistas.

El siglo XX  se inicia con la  difusión de las ideas Marxistas y el  socialismo; los liberales influidos por los  más  radicales y los  economistas al servicio del poder  financiero desdibujan el sentido político del movimiento apartando  cada vez  más  al  estado de  sus  obligaciones  de  arbitro  entre  la  sociedad y  el  buen  desarrollo del  sistema económico y la  propiedad privada  sin perder de vista  el  interés  general. El liberalismo  deja  de  ser  la  vanguardia política al  compartir con los  conservadores la  defensa  del Capitalismo y  de  los  mercados alejados  del poder regulador  del Estado, en el  entendimiento, según su  criterio, de  que  los  mercados  por  si  solos ,  sin la intervención  estatal,  están  en  capacidad   de  regularse  a sí  mismos y de  equilibrar y repartir  la  riqueza  entre la sociedad quitándole al  fisco, vía  impuestos, la  justa  redistribución  del ingreso. La polarización  del sistema  comunista obliga a gran parte de sus  afiliados a la  creación del   socialismo democrático y a  tomar posiciones  centristas  más  acordes con  el interés de las  mayorías  sociales y a  convertirse, por  fuerza, en  el representante  de  los  intereses  populares. La  desnaturalización de las  doctrinas liberales, el apego  a tesis  económicas alejadas  de  su propia ideología para  ganar  votantes  dentro  de  las  grandes  fortunas, consiguieron crear  el  dogma inédito, hasta  entonces, de  que  el  liberalismo garantizaría la  libertad  de  mercados y la  resolución con ello  de   las  diferencias  sociales. Con tales  dogmatismos han  confundido  su  campo  de  acción  con  la derecha política e  inclusive  con  el  neo-fascismo a través  del  neo –liberalismo  defendido, por  unos  y por  otros, a  expensas  de ingentes  sacrificios  sociales. Hoy  es  tal  la  confusión  de  los  diferentes  roles  ideológicos   de  los  partidos políticos que Gobiernos  como  el  de Pinochet  en Chile, Margaret Thatcher en el Reino  Unido, Reagan en Estados Unidos, Santos en Colombia o Rajoy  en España  son liberales gracias  a  las privatizaciones  de  las  empresas públicas, a la  reducción  de los  derechos  laborales  de las clases  trabajadoras, al impulso  del individualismo y  de  la libertad  sin fronteras  de  los  grandes  capitales y grupos  financieros sacrificando, sin esperanzas, a los  que  menos  tienen y a  la oprimida clase  media. El liberalismo  que  debía  proteger a un amplio espectro  de  la población que por  principios ideológicos   compartía un denominador  común se plegó a los intereses. Económicos y abandono  los principios  sociales propios de su corpus programático. En algunos países desarrollados, con democracias  estables, socialistas, socialdemócratas, liberales y conservadores han establecido  consensos  que permiten  cierta estabilidad  política  e  institucional  que le  dan  equilibrio  a  las políticas  sociales  y económicas amenazado hoy  por  el  neo-liberalismo, el  neofascismo, grupos  de ultraderecha y comunistas  a ultranza que  aun  luchan por  mantenerse dentro  del espectro político contemporáneo. Es  verdad  que  el  comunismo ha desaparecido  como régimen político pero también es  cierto  que  las  causas  de  su  aparición, de su poder   de  conquista de la  conciencia  social  aun  sigue  vigente mientras  no  desaparezcan las  grandes  desigualdades  sociales  que  le dieron  origen  al  movimiento.

En América Latina la  estabilidad política sigue  siendo precaria, los  riesgos de regresión a épocas  oscuras siempre  están presentes, la  cultura democrática dentro  de  las  distintas clases  sociales es escasa, opaca y deformada; como ejemplos de  democracias asentadas en América Latina  podrían citarse  a  Uruguay y Costa Rica. Es  cierto  que  las  dictaduras  en  esta  parte  del  mundo  han  desaparecido pero perviven las  diferencias  sociales,  las  desigualdades económicas y  culturales dentro  de  los  diferentes  grupos  sociales  del continente haciendo  cada vez  más precaria la  estabilidad  política y  más  difícil  de  erradicar los  movimientos  subversivos y ciudadanos   que  exigen mayor participación política y un mayor  consenso  en las  decisiones   que  afectan   a  todos  los ciudadanos por igual sin que encuentren eco dentro  de  la  clase política  dominante. Al parecer la  clase política no ha  entendido, quizás debido  a  su presencia permanente generación tras generación en los puestos  de  comando, que  la  democracia para  serlo obedece  a  la  permanente  participación  ciudadana en las   grandes  decisiones  del Estado y no  solamente  en las  elecciones. Cuando los  gerifaltes  de la política  comprendan  que  el libre  disenso, la  libertad ideológica, social, cultural, económica y  la  justicia  social hacen  avanzar las  sociedades hacia  un mayor principio de  equidad  en la  riqueza,  en  derechos, en oportunidades y, por  consiguiente, en la  coexistencia pacífica con respeto al contrato social  no saldremos  del  subdesarrollo, del populismo, del clientelismo  y  de  los  conflictos  sociales  que  impiden  el  normal  desarrollo de  la  democracia y  de  la  sociedad.

En estas  últimas tres   décadas  el  desmantelamiento  del Estado ha  estado a  la  orden  del día. El neo liberalismo ha  impulsado  la  idea de  que  el Estado debe  reducirse  al máximo para  que  sea  eficiente permitiendo  que  los  grandes  grupos financieros multinacionales , industriales y comerciales tomen  el  control  de  la  economía, incluidos  los  servicios  públicos, con  el  argumento  de  que  los  mercados  se  regulan  solos permitiendo  una  mayor y mejor  distribución  de la  riqueza en un régimen  de  mercado libre, universal, para  darle  paso  a  las   compañías  multinacionales, en  donde, por  convenios  multilaterales que  rozan lo inconstitucional,  se proteja y se  respete la propiedad privada. Al  estado  solo le  quedara, de  continuar   con  este  proceso, el  ejercicio  de  la  fuerza, el orden público y  el establecimiento del orden legal ciego y cojitranco  toda  vez  que   la  salud  y  la  educación paulatinamente  han ido  pasando  a  manos  privadas. Este tipo de reformas sin consenso  social han producido más mal  que  bien polarizando la sociedad y los  partidos políticos tanto  de derechas  como  de  izquierdas prestándole  un flaco  favor  a  la  democracia y permitiendo, a  petición  de parte  interesada, que  los  gobiernos refuercen la  seguridad para  mantener  el orden publico  a  expensas de  los  derechos  personalísimos  de  los  ciudadanos, violando los  derechos  humanos y la  legalidad  vigente. Es prudente  recordar  aquí  a  Benjamin Franklin  quien  afirmaba:
“No es posible que nosotros hayamos pensado en someternos a un Gobierno que con el mayor desenfreno, salvajismo y crueldad ha quemado nuestras ciudades indefensas , excitado a los salvajes a asesinar a nuestros pacíficos labradores, a nuestro gobierno que aún ahora está trayendo mercenarios extranjeros para anegar en sangre a nuestros colonos. Estas atroces felonías han extinguido la última chispa de afecto por ese país pariente que tanto amamos en otro tiempo...”

Volviendo a la Seguridad Democrática vale tener presente,  según nos cuenta  Ryszard Kapuscinsky , que  en enero  de 1974  el general Abebe Beleta  se  detuvo en el Cuartel Gode durante una  visita  de inspección… Al día  siguiente  llego  al palacio de  el Emperador  de Etiopia:  el general había  sido arrestado por los  soldados, que le obligaban a comer lo mismo que ellos. Unos alimentos  en estado  de putrefacción que  algunos temen  que el general  enferme y muera. El Emperador  envió  una  patrulla  aerotransportada de su  guardia  personal. que  libero  al  general y  lo llevo  al  hospital. Esta historia  nos pone  al frente de la  realidad  que  hoy  vivimos  en muchos  lugares  del mundo donde por imposición y para  preservar intereses privados  el  Estado  endurece  las  normas  de  convivencia violentando la  legalidad constitucional  que  juro  defender. El neoliberalismo y la  Seguridad Democrática  se  han  emparentado  para impedir  el  acceso  de  los  ciudadanos al ejercicio pleno  de  sus  derechos  democráticos.

Luis Carlos Restrepo  antes  de  entrar  a formar parte  del  gobierno de Uribe como Alto Comisionado para la Paz escribió  en  su libro “Mas allá del Terror” Abordaje Cultural de la Violencia en Colombia  que, “La violencia en Colombia es un mecanismo para  la  conservación de prejuicios y jerarquías. La fragilidad  de  nuestra vida civil reside precisamente en la tentación de los  estadistas a inclinarse por la  represión y la  guerra cuando se sienten acorralados y confrontados. El líder aparece entonces investido  de una fuerza  sanadora  que le permite recurrir  a  la  violencia para “proteger la integridad del cuerpo social”. La negrilla  y el entrecomillado  es mío. Este  fragmento  nos  revela la  verdad  de la  Seguridad  Democrática, sin olvidar que  el New York Times dedico a la ley de Justicia y paz un editorial titulado : “Colombia Capitula ante la Mafia Terrorista”  en el  que  afirma que  debería  llamarse “la ley de la impunidad  para asesinos  en masa, terroristas y grandes narcotraficantes.

De todo lo anterior  se  deduce  que  en Colombia  la  violencia política ha  corrompido  a  la  democracia. Los  crímenes y las  amenazas de muerte determinan  quien  controla  el poder y la  riqueza, hechos  que  se  manifiestan  en la  estrecha  relación  entre  los  grupos paramilitares, los partidos políticos, las fuerzas y cuerpos  de seguridad  del estado, las  elites  económicas y  el  ingreso  al país gracias  a  convenios  multilaterales  de  las   compañías  multinacionales. 

Lo que  está  en juego  es  el  futuro  del país: si sus  instituciones  podrán librarse del control de  quienes  recurriendo al crimen organizado mantienen  el  ejercicio del poder. El tema  de  fondo  en Colombia, a  día  de  hoy, va  mas  allá de salvaguardar  el proceso  de paz, aunque  también, y  de poner   en  negro sobre blanco toda  la  verdad y  garantizar  la  justicia por las  atrocidades cometidas. Si lo  conseguimos habremos  salvado las instituciones  democráticas  alejando  el país y  a  las  nuevas  generaciones  de  ciudadanos  de la  violencia política, de la  corrupción generalizada y  del baño  de sangre  que  durante  tanto  tiempo hemos  padecido.

Carlos Herrera Rozo.